El virus de la libertad


 

Podemos reconocer que nunca fuimos más libres que en cuarentena. Sin un sistema empecinado en agendarnos los pasos, marcarnos las horas con un gotero, sin un afuera que nos devora de a pedazos y nos regresa a nuestras guaridas indefectiblemente lastimados..

Nos costó mucha muerte, mucha angustia. Nos sigue costando. Que nos arranquen el almanaque memorioso y organizado, las horas del trabajo, las horas del agobio y las del descanso. El lugar de los hijos, de los otros, de los ocasionales visitantes de nuestro espacio.

Y claro está, no supimos que hacer. Sin el orden primordial que nos calma a fuerza de ahogarnos. Nos quedamos por la fuerza del espanto en ese refugio cotidiano que se nos volvió un lugar extraño, de tanto estar, de tanto recorrerlo hasta los rincones y las sombras, hasta los estantes olvidados.

Reunidos por temor, amontonados todo el tiempo con las personas que elegimos para estar de a ratos, en su justa medida, con el beneficio de las distancias ocasionales. El oxígeno ausente nos recordó que respirábamos mejor cuando nos tapaba el humo. La paz del vértigo, la dulzura de no pensar alejados del desastre.

No supimos qué hacer con toda esa libertad, más que asustarnos, amasar, grabarnos en vivos insoportables como si nos creyéramos todos especiales, estrellas del colapso del mundo, farándula de cabotaje. De tan distintos, todos iguales.

El odio se hizo fuerte entre nuestros huesos, de puro aburridos nos dedicamos a mordernos, para entretener los colmillos en algún cuerpo ajeno que pague con su sangre el desencanto.

Lo que está claro es que no hay un virus que vaya a aniquilarnos, la humanidad trabaj desde hace tiempo en su propio exterminio y cualquier virus es solo un atajo en un camino sin regreso por el que andamos ocupados en hacer tropezar al que mrcha a nuestro lado.


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